Tercera generación
1990 - 1999
Límites y rutas
Lugares de residencia
Lugares emblemáticos
Sitios que visitaban con frecuencia
"Ruinas del Siglo XX"
La Caracas que se robaron
A 100 km/h en un descapotable, recorriendo una carretera llena de opciones y lugares en los que detenerse a pasarla bien. De pronto, un golpe y oscuridad. Transcurrieron los noventa, sin aviso, y se inició el nuevo milenio en la ciudad de Caracas.
El ritmo de la capital venezolana se aceleró a la velocidad de El Metro, que siempre estuvo allí para esta generación. Con eso vino la concepción de una ciudad mucho más grande, con mayor oferta y al alcance siempre.
Pero la generación de Gorka, Manuel y Helen no tuvo tiempo de darse cuenta de los cambios que ocurrirían irrefrenablemente en la ciudad que apenas acababan de conocer. Al terminar de encariñarse con su gente, sus vistas y sus calles, Caracas les fue arrebatada por la inseguridad y el abandono.
El miedo será un parteaguas para los caraqueños, que buscarán divertirse en lugares cerrados y con vigilancia. El Centro Comercial Ciudad Tamanaco y el Centro Comercial Sambil, posteriormente, serán los favoritos por los jóvenes que encuentran en ellos seguridad y variedad.
Las Mercedes se consolida como la reina de las noches caraqueñas en los noventa. Las discotecas y bares favoritos se encontraban allí para todos los gustos. Con una concepción más amplia de la ciudad, el centro se desplaza cada vez más hacia el este, al menos en cuanto a entretenimiento se trata.
La ciudad cayó sobre su gente
Para esta generación encontrar deleite en la ciudad de Caracas se ha vuelto una tarea titánica. Luis Bergolla, fotógrafo y caraqueño asegura que para que algo sea bello debe además tener alguien que admire esa belleza: “Si tú te arreglas, te maquillas y te vistes es porque hay un público, no eres bella para ti misma, sino porque quieres ser apreciada así también”, dijo.
Estamos empezando a ver de nuevo la belleza de Caracas. Ha estado allí volteada, olvidada, desmaquillada; pero en algunos sitios hoy en día está impecable por la nobleza de los espacios que fueron concebidos y envejecieron muy bien.
Luis Bergolla
El descuido en el que se sumió la ciudad entera es algo que les pesa a los caraqueños de esta generación, al igual que la pérdida del espacio en la ciudad. Luis Bergolla asegura que es más difícil hallar la cara hermosa de algo que no está recién pintado, que no está impoluto “porque somos un país que sabe de inauguración, pero nunca de mantenimiento”.
Bergolla no cree en los extremos. No se puede amar a la ciudad sin cuestionamientos, pero tampoco se puede odiar a ese lugar que pone a prueba a sus habitantes: “Cuando la cuidad te patea por el tráfico o la escasez, te saca el mejor atardecer o el mejor amanecer. Son las dos cosas: es el infierno y el paraíso simultáneamente”, dijo.
Caracas se fue
Los caraqueños de esta generación están bañados en nostalgia. Este sentimiento que los inunda proviene de alguna forma del luto que tienen por la ciudad que perdieron en un abrir y cerrar de ojos.
No les dio tiempo de terminar de crecer para encontrarse rodeados de un ambiente que parece el negativo de la foto que les fue presentada en primer momento. Al cruce de una calle Caracas desapareció y no saben si se la robaron o ellos mismos la perdieron.
El psiquiatra Wadalberto Rodríguez explica que el ser humano trata de aferrarse al recuerdo de algo bueno para no sentirse tan mal. Los cambios en la ciudad en los últimos diez años son visibles en lo individual: “Darte cuenta de que la sociedad a la que tú pertenecías de una forma que te complacía ya no existe es sumamente traumatizante para la gente. Entonces buscan defenderse arropándose con la cobija del pasado”, explicó Rodríguez.
Caracas se ha convertido en un lugar inhóspito, así la perciben sus mismos habitantes: “Hay que entender que para cualquier ser humano la ciudad en la cual nació y creció tiene una relación simbólica con la mamá”, explica Rodríguez. Esto ocurre porque el sitio en el que alguien crece, hace amigos, se enamora, o tiene sus hijos, pertenece al mundo afectivo del sujeto “y el afecto más grande que tiene cualquier ser humano es, inicialmente, la mamá”, dijo el psiquiatra.
Y esto será lo que alimente la relación de los habitantes con Caracas. Wadalberto asegura que la madre y la ciudad son dos dimensiones de un mismo afecto en la historia de un ser humano: “Pero cuando en este caso la ciudad (la mamá) se vuelve hostil, comienza a haber una relación de tipo tóxico. De esas que llaman amor-odio”, dijo.
Viva, muerta y renaciendo
Algunos giraron la cabeza y todo lo que conocían cambió radicalmente. Mientras desaparecieron construcciones viejas, se erigían edificios para reemplazarlas. Unos abrazan la modernidad con sus materiales y texturas, pero otros sienten que ninguno de estos edificios termina de complacerles.
Para Ana Marval, arquitecto, es una lástima la pérdida de edificios como el Gastizar de Las Mercedes que era una estructura enriquecedora para la zona por su estilo vasco: “Zonas residenciales se convierten en comerciales. De Las Mercedes está pasando a Chuao. Las casas de las avenidas principales ya no son viviendas, en algunos casos no ha cambiado la casa, pero ya cambió el uso”, dijo.
La mayor oferta de belleza arquitectónica es encontrada por los caraqueños en edificios de oficinas y Marval confirma que en la ciudad el sector de la construcción y la arquitectura sobrevive con base en lo privado: “Venezuela tiene dos realidades. Nosotros sobrevivimos con viviendas de lujo. En Altamira hay 30 edificios en construcción, algunos residenciales. También en Las Mercedes hay 80, todos de oficinas”, aseguró la arquitecto.
Los caraqueños de esta generación deben adaptarse a la ciudad que les tocó vivir y a todo lo que han tenido que perder por esa suerte. A pesar de esto no dejan a un lado la esperanza de descubrir una realidad más amable que la que enfrentan.
