Caracas 454

Por Anyelitz Yánez. Caracas,  25 de julio de 2021

Desde que partí, cada año celebro tu aniversario con añoranza. Por lo que fuiste, por lo que eres y por lo que quiero que seas.
Este año te miro con una perspectiva diferente.
Tengo más de 7 meses en Caracas, y han pasado 2 años y poquito de aquel viaje que me hizo escribir “Vine a contar la guerra y fracasé”. En el último párrafo de aquel texto decía que me preguntaron si volvería y mi respuesta fue una sonrisa. Aquí estoy, de regreso, con la sonrisa más ancha que nunca, abrazando con mucha fuerza mi decisión, y esto es un poco de mi historia:
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Llegué a Maiquetía un martes 8 de diciembre tras 25 horas de viaje, con la cara aun inflamada del agüero que derramé sobre los asientos de Turkish Airlines, porque cuando uno se despide de un lugar donde fue feliz, llora. No vine obligada, nada ni nadie me presionó, no fueron las circunstancias. Mi viaje del 2019, más que una visita, había sido un tanteo para ver si me hallaba de nuevo aquí. La decisión llegó como un fogonazo una fría mañana otoñal cuando entré a mi trabajo y comprendí que estar ahí ya no me hacía feliz. Me tomó unos meses confrontar la decisión y atravesar el duelo, otro poco más empezar a decirlo a mis amigos, y 9 meses de pandemia para poder volver a ver mi ciudad. Así que aquella calurosa mañana de diciembre, cuando por fin pisé tierra patria, sonreí.
Hasta ahora nada había salido como lo había planeado: ni la fecha del vuelo, ni la casa en la que viviría, ni el dinero que traería, todo se sentía abrumador y desconcertante. Pero yo soy absurdamente optimista, así que todo eso también lo encontré emocionante.
Desde ese día empecé a absorber todo lo que podía de mi nueva realidad. Por supuesto que Venezuela es otra. Desde afuera hemos podido ver el deterioro, la escasez, la tristeza, la desolación, pero aquí hay muchas más cosas, sentimientos, actitudes y espíritu, que sólo puedes entender cuando lo vives. Prometo que mi inspiración y mi admiración aumenta cada día.
No quiero confundirlos, Venezuela sigue en crisis, una mucho más aguda. Sí, ahora puedes encontrar de todo: medicinas, shampoo, mantequilla de maní, aceite de oliva, cualquier marca de jabón de ropa que imagines, cervezas de otros países, jamón ibérico, toda la tecnología que quieras, comida para vegetarianos y veganos, pasta de arroz, quinoa y cuscús… Ya no es necesario enviar una caja con productos para que tu familia pueda usar un buen shampoo y un desodorante, pero lo que sí necesitas es mucho dinero para poder comprar cualquiera de estas cosas.
La primera vez que fui a un bodegón me dio un ataque de risa. Pasé 8 años en Madrid comprando el shampoo pantene más grande (700ml) por 5 euros, y aquí el más pequeño (270 ml) cuesta 6 dólares. Me reí a carcajadas cuando vi los precios del Tide americano, y más fuerte aún con lo impagables que son los bloqueadores solares. Cuando llegué a la sección española (vino, quesos, jamón, aceite), ya estaba histérica de la risa. Me reía tan fuerte que mi amiga que me llevó estaba avergonzada y me pedía que me calmara. Vergüenza es que en un país con 87% de pobreza, vivir sea tan caro.
Y es que Venezuela se ha convertido en conseguir dólares o morir. El logro actual del régimen es la desigualdad que vivimos. Tener un puesto fijo en una empresa es prácticamente una condena frente al que tiene un oficio y gana por trabajo. El salario oficial de mi hermana es 1 dólar al mes al cambio, mientras que cualquiera que te resuelve un trabajito, una costurera, el que monta cables de internet, el que te instala el tanque de agua o el técnico que revisa laptops, puede cobrar por dólares la hora. No recrimino, solo contrasto.
Describir la realidad que vivimos es mucho más compleja que lo que leemos. Ahora se puede tener un buen internet a velocidad mucho más decente y precios internacionales, pero el interior del país vive constantes apagones. Puedes echar gasolina sin cola siempre que la pagues a 0,50 dólares el litro, de lo contrario, te toca estar horas, o incluso días, en fila para surtir a un precio prácticamente regalado.
Todo aquí cuesta igual o más de lo que cuesta afuera, pero los salarios siguen siendo de una década pasada. Y es esto lo que marca el estado emocional de todos.
He encontrado desespero en quienes saben que el mundo es más grande que la ruina y la tristeza a la que parecen estar condenados aquí. Esos que tienen hijos fuera y se sienten frustrados por volverlos a ver por no poder cubrir el costo del viaje. Esos que esperan salir y olvidarse que la dictadura acabó con sus ahorros, con sus empleos estables, con sus oportunidades de vacacionar. Ellos son el grupo más desolador, los que te preguntan con voz seca: qué coño haces aquí.
En aquellos que nunca han soñado con salir habita la resignación. Algunos la viven desde la añoranza y la tristeza, sintiendo que poco más tiene la vida para ofrecerles: esto es lo que les tocó vivir. No esperan mucho, viven en automático, como en una conformidad incómoda que los tiene atados y sin fuerza, incluso, para quejarse.
También están los que eligen seguir. Quizás estén compuestos de porcentajes iguales de resignación y esperanza, algo que parece incompatible pero que les da la chispa diaria. Ellos aprovechan cada oportunidad de reír, de celebrar, de bailar, y de practicar aquello de ser felices.
Desde afuera hay mucho juicio contra estos últimos, como si lo correcto fuese aceptar por decreto las consecuencias de un régimen asfixiante y entonces todos tuvieran que borrar el color de sus vidas para perecer en un permanente gris. No podemos ser infelices para justificar odios y realidades.
En estos meses que tengo aquí, cinco muy buenos amigos han podido venir a visitar a sus familias. Lo primero que les dije tras comprar el pasaje fue que no se dejaran abrumar por el miedo y lo malo que se ve desde afuera, que se permitieran ver esta ciudad con otros ojos desde el primer segundo que tocarán Maiquetía. El que sube una foto en instagram disfrutando de lo que hace no es un enchufado ni un cohabitador del régimen: aquí todavía hay muchas razones para sonreír, y en estos tiempos de pandemia eso es bastante qué decir. Me parece que todos comprendieron el cambio una vez que llegaron.
Nadie habla de política. Lo que cuentan las redes sociales (te odio twitter) está MUY DISTANTE a lo que el venezolano de a pie está pensando, sintiendo, e incluso conociendo. Para todos lo único importante es poder conseguir dinero y da igual quién esté al frente del gobierno. Hasta en eso ganó el comandante.
Pero hay una realidad transversal que nos deja todo este conflicto: la gente está cansada de las peleas, de las luchas, de tanto esfuerzo, y solo quieren una oportunidad para vivir tranquilos. Por eso es tan sencillo para mí seguir con la sonrisa colgada en la cara. El Venezolano sigue siendo bueno, te sigue ayudando cuando lo necesitas, te tiende la mano cuando eres honesto y hasta el más resignado o molesto reacciona ante una buena voluntad.
Yo tengo un país hermoso que sigue latiendo y que no va a morir por más que lo sometan a las pruebas más duras. Estoy aquí con la misma ilusión y la misma esperanza que cuando decidí en el 2007 que esta lucha valía la pena. Yo todavía creo y le apuesto a las ganas de tener una realidad diferente. No sé si me quedaré aquí indefinidamente, no sé qué será de mí mañana, pero por ahora mi casa es mi elección. Estoy feliz de ver mi Ávila cada día y de hablar criollo, de mi gente, de mis costumbres y de tener cerca a mi familia, a algunos amigos, y de todos los nuevos que me han recibido con los brazos abiertos. Sigo y seguiré, como en todo, tratando de dar lo mejor de mí, de poner mi conocimiento y mi ciudadanía al servicio de este país, y dejando mi corazón en ello.
Caracas nunca será para débiles y les prometo que aquí la gente aún sonríe.
Feliz aniversario, mi Caracas. Gracias por volver a recibirme y quererme como desde el primer día.