Segunda generación
1980 - 1989
Límites y rutas
Lugares de residencia
Lugares emblemáticos
Sitios que visitaban con frecuencia
Caracas, metrópoli luminosa
Explorar, descubrir, recorrer una ciudad que cada día se iba haciendo al mismo tiempo más grande y más cercana. Lo local fue desapareciendo y todo comenzó a conectarse, los límites se comenzaron a emborronar.
Eso fue lo que vivió la juventud caraqueña en los años ochenta, el Metro le dio la oportunidad a esta generación de conocer los rincones de una Caracas a la que no hubiesen tenido acceso de otra manera.
A través de los recuerdos de Rafael, Laura y Jesús parece una capital ingenua, feliz. Una ciudad para disfrutar en grupo dirán algunos, otros que era mucho más amigable con el ciudadano, o que era más segura.
La ciudad de las mil vistas
Caracas es una ciudad fotogénica, no es casualidad que los jóvenes de aquel momento pasaran largos ratos observándola desde algún lugar. Luis Bergolla, fotógrafo y periodista, afirma que Caracas tiene muchos buenos ángulos: “Gio Ponti decía que era la ciudad de la vista bellísima, y decía que al igual que pocas ciudades en el mundo, como Río de Janeiro, Caracas puede contemplarse a sí misma. Topográficamente en el valle, con su montaña al norte pero también al sur, permite tener miradores y esos miradores son para ver la ciudad, es decir, el espectáculo es ver la ciudad”, dijo.
Pero no son solo los miradores físicos, las vistas de la ciudad se encuentran en barrios, en calles, en plazas: “Hicimos un recorrido por Julián Blanco, que es Petare, está al lado de un barrio con una densidad demográfica impresionante y tiene unas visuales de todo el barrio, como de la ciudad, hermosísimas. Un evento que se organiza en El Hatillo que se llama El Calvario a puertas abiertas, desde donde no solo aprecias al pueblo, sino que ves todo el tamaño, la ocupación de esa arquitectura informal que fue agrupándose, tomando la forma de la misma montaña. El Helicoide es el mejor ejemplo, esculpiste una montaña, no es que le cortaste el pico al cerro y aterrizaste un centro comercial, es que la montaña se fue esculpiendo en el centro de El Helicoide y de la roca y lo que hiciste fue un sistema de rampas para entonces culminar en esta gran cúpula y todo el barrio alrededor es así. Cuando te vas a San Agustín del Sur, ahora el metro cable por primera vez nos hace sentir cool ir a un barrio y te das cuenta de que las mejores vistas están en los barrios”, explicó Bergolla.
Es una ciudad que tiene ese privilegio de poder verse a sí misma y en los cincuenta lo explotó en su máxima expresión, dominando la geografía para sacar esos atributos. Por eso montamos un hotel en la montaña, por eso hacían esas casas con pendientes súper inclinadas en Bello Monte. Entonces, por supuesto, lo fue, lo es y lo va a seguir siendo: una ciudad fotogénica.
Luis Bergolla
Las risas que se apagaron
Los muchachos de los ochenta vivían Caracas a plenitud. Caminar por el bulevar de Sabana Grande, ver las tiendas, reunirse con amigos y pasar una tarde admirando lo urbano de la ciudad era una posibilidad.
Desde este momento el eje recreativo de la ciudad comenzó a migrar hacia el este. Restaurantes, centros comerciales, bares y discotecas. Los caraqueños amaban la diversión en cualquier presentación.
El Centro Comercial Ciudad Tamanaco era el lugar de moda, por sus tiendas, por sus discotecas o el cine. Fue un concepto interesante el de reunir en un solo sitio distintos tipos de entretenimiento y los jóvenes iban buscando principalmente comodidad.
La seguridad de la Caracas con la que creció esta generación propiciaba que los chicos realizaran actividades físicas al aire libre. Parque del Este era una opción, al igual que recorrer la ciudad en bicicleta o practicar montañismo en el Ávila. Algunos lo hacen todavía, pero deben tomar precauciones como la hora y el lugar en el que pueden hacer esto.
Quizá esta generación se ha vuelto en cierto grado paranoica por el choque que ha sido crecer en una ciudad relativamente segura, en la que los adolescentes podían estar solos hasta la madrugada y en menos de veinte años se encontraron siendo pobladores de una de las ciudades más peligrosas de la región.
El psiquiatra Wadalberto Rodríguez explica que la inseguridad puede alterar el comportamiento del colectivo: “Al tú tener en lo individual la sensación de inseguridad, te pones en una actitud defensiva y esto hace que la conducta cambie. La persona puede tener una conducta de tipo impulsivo hacia actitudes que tienen los otros. Si todo el mundo en un colectivo está en una actitud de permanente defensa con potencial conducta de tipo reactiva, entonces, toda la sociedad como tal va a cambiar el contexto en el cual se mueven las relaciones sociales y nos convertimos en una sociedad con un potencial de conductas agresivas que no necesariamente son las que originalmente ha tenido ese grupo”, dijo.
La sonrisa tras el escaparate roto
Ver cómo han cambiado las calles, los lugares, las personas es algo normal, pero en Caracas se vuelve un ejercicio que reta la paciencia de los mismos caraqueños que luchan por preservar una buena cara ante la tempestad.
Los edificios de solución social como Misión Vivienda son percibidos como la última capa que demuestra precisamente todo lo malo. Un franco retroceso en aspectos de administración, planificación y urbanismo.
Según la arquitecto Ana Marval esta solución habitacional del Estado destruyó la ciudad: “Si ya era un desorden, Misión Vivienda la volvió un caos: veníamos sin planificación, pero esto llegó al tope. Son edificios que no respetan los parámetros que se deben tener en cuenta al construir una edificación. El único remedio es tumbarlos y yo creo que eso no va a suceder nunca, para mí eso es peor que el deterioro y que la basura, porque eso se arregla, pero esto no tiene solución”, aseguró.
A pesar de todo el polvo que tiene Caracas encima, los caraqueños siguen identificándose en la forma que hablan, en la humanidad que logran percibir en el otro o simplemente en los recuerdos de sus calles y el eco de las risas que una vez llenaron los espacios.
