Lat 10°26’ Long -66°53’ Alt 1020 m
Segunda Generación
Límites y rutas
Lugares de residencia
Lugares emblemáticos
Sitios que visitaba con frecuencia
Laura
Movida, así era Caracas en los 80; al menos así la recuerdo. Era una ciudad para vivirse en grupo. Fiesta, música, los adolescentes anhelaban la llegada del sábado para saber en casa de quien era la rumba.
Soy Laura y vivía en Baruta. Vivía, tiempo pasado porque ahora vivo en Chile. Mi ciudad era muy local: primero, porque llegaba por mi cuenta a lugares como Las Mercedes, Chacaíto, El Rosal o Sabana Grande, luego porque los ochenta eran muy dados para la vida de barrio, grupal, de contacto con los vecinos y los amigos. Todo era más orgiástico en el sentido de la diversión.
Sabana Grande era concurrida, incluso de noche. De vez en cuando algún grupo daba allí un pequeño concierto, en plena calle o en un localcito. Había muchas tiendas en el bulevar, y especialmente visitaba las de discos que eran mis favoritas.
Otra de las cosas que estaba de moda durante mi adolescencia eran las fuentes de soda, como Crema Paraíso. Allí iban los chicos malos, los malandrines, ¡y andaban en moto! También podías ir a la playa y regresar con tranquilidad, no era una odisea como ahora.
Es lamentable que los caraqueños hayan perdido su libertad. Recuerdo que cuando tenía doce años me iba sola en camionetica desde mi casa en Baruta hasta el Museo de los Niños, porque mi hermana trabajaba allí. Ahora Ningún padre deja que sus hijos vayan solos por ahí, los llevan y los traen siempre a todos lados.
Caracas es arte
La pista de patinaje del Ávila está guardada afectuosamente en mi memoria. No es una novedad que las cosas en el Ávila duren un rato y se vuelvan a echar a perder, ha sido así desde siempre. A pesar de esto, con o sin pista de patinaje,, la gente subía y la pasaba bien entre fresas con crema, el contacto natural y la vista de Caracas y del mar.
Soy cinéfila y adopté el cine del Centro Comercial Concresa como mi segundo hogar; me quedaba cerca y era muy importante para mí ir al cine. Además, este era uno de los centros comerciales de moda en la ciudad en ese momento. Por supuesto, el Centro Comercial Tamanaco también era un destino frecuente, por su cine y sus discotecas. Éste era el centro comercial emblemático de los ochenta porque era el más fashion. Tenía un toque elegante y podías encontrar a artistas y gente de la farándula.
Cuando entré a la Universidad Central de Venezuela, cuando tenía unos diecisiete años, comencé a manejarme sola en otras zonas de la ciudad. Conocí los alrededores de Plaza Venezuela y los museos del centro. El Museo de Bellas Artes y el Museo de Arte contemporáneo eran hermosos y parada turística obligada. Frecuentaba también el Ateneo y el Teatro Teresa Carreño. Toda esa zona ahora es bastante peligrosa.
Hasta mediados de los 90 había un evento increíble que involucraba a toda la ciudad: el Festival Internacional de Teatro. Venían compañías de todo el mundo y podía ver espectáculos, grandes o pequeños, en calles, plazas y salas de toda la ciudad. Pero especialmente la zona del Teatro Teresa Carreño se movía muchísimo.
Un caleidoscopio de experiencias
Me encantaba ir en grupo a los miradores. No sólo es que estaba de moda sino que era seguro. Podíamos ir con unas cervezas a ver la ciudad o simplemente pararnos en una calle de Las Mercedes.
El Poliedro siempre tenía algo cartelera. De todo tipo: artistas nacionales y extranjeros, deportes, circos, exposiciones. Y es que aún cuando en la ciudad parecía no haber algo para hacer, el Poliedro seguramente tenía algún evento.
Como yo era amante del jazz, iba mucho al Juan Sebastian Bar en El Rosal, que todavía es emblemático en la zona. Hubo una época en la que se pusieron de moda las tascas, había muchas en la Avenida Solano, pero eran más como para el típico borracho bohemio, en contraposición al Juan Sebastian en El Rosal que era un sitio cool.
Y si quería comer, había opciones clásicas como el restaurante Lee Hamilton en La Castellana, de toda la vida; o el Ávila Tei en Altamira. Otro lugar que tenía un bar muy lindo era el Hotel Hilton, ahí frente al Teatro Teresa Carreño y al Ateneo; pero como ya no iba por esa zona dejé de frecuentarlo.
Todo crece
Uno de los problemas que recuerdo era el poco transporte con el que se contaba en ese momento. Como yo vivía alejada del centro y de las líneas del Metro de Caracas, se me dificultaba moverme; sí, el metro marcó a la ciudad como un todo, pero para mí que no tenía una estación cerca realmente no hizo gran cosa. Pero lo que sí recuerdo de las veces que lo utilizaba, es que era casi chic porque todos eran civilizados allí, además había obras de arte en todas las estaciones.
Otro problema era la delincuencia, pero la de los ochenta era un asunto manejable, no como la de ahora. La gente sabía que existían zonas peligrosas. Luego se extendió a cualquier lugar de la ciudad; me podía pasar algo en la iglesia, en mi casa, donde estuviese. Los caraqueños eran relajados al extremo, parecía que no les importaba nada y se puede apreciar en las fotos en las revistas del momento: las personas aparecen riendo y todo da un aspecto de ingenuidad.
Ahora la situación del país ha condicionado todo, el entorno fue modificando nuestro comportamiento. Fue en los 90 cuando sentí que se acabó la fiesta. No porque ya no saliese, sino que comenzó a ser algo mucha más íntimo, más cerrado. Y eso fue antes del problema político actual.
Caracas creció desordenadamente. Mientras crecieron las urbanizaciones satélite, el centro se estancó. Esta es una ciudad sin núcleo: tiene muchos satélites para divertirse, para comer, pero no existe un sitio para vivir la experiencia de caminar por la ciudad. Es que lo que debería ser el núcleo es un lugar muy caótico y con el tiempo eso fue incrementándose. Las zonas del centro se volvieron un poco marginales, por contradictorio que suene. La gente abandonó estos lugares a irse y se perdieron los espacios públicos.
Siempre Caracas
Del modo como yo disfruté de la ciudad en los ochenta, no creo que los adolescentes de hoy pudiesen hacerlo. Mi Caracas era agradable y vivible, yo hacía lo que quería y me divertía muchísimo en el camino aunque me pasara algo, porque los inconvenientes no eran extraordinarios. La ciudad ha sido caótica desde los 60, siempre había pequeños problemas.
Las diferencias sociales existían pero no era algo tan marcado. Yo estudié Derecho en la Universidad Central. Estudiaba con hijos de magistrados y también con el hijo de la señora que limpiaba el baño, todos íbamos a la misma fiesta; no había esos rollos de resentimiento que hay ahora. Caracas nunca fue un paraíso, pero eran menos tajantes las diferencias sin el discurso de odio que han profundizado esas divisiones en los ciudadanos.
Ya no vivo en Caracas, pero me considero muy caraqueña. No he cambiado el acento y cuando me encuentro a un venezolano, soy reconocida inmediatamente como capitalina.
Y es que mi vínculo con mis raíces, mi cordón umbilical, es Caracas. No soy chovinista, pero ese cuento de ciudadano del mundo no lo creo. Mi afecto es para Caracas en especial. Y la odio cuando voy, la odio con amor. No sé si podría vivir ahora allá… ¡es como esos amores que matan!
