Lat 10°26’ Long -66°52’ Alt 1000m
Segunda Generación
Límites y rutas
Lugares de residencia
Lugares emblemáticos
Sitios que visitaba con frecuencia
Rafael
Caracas era una ciudad para descubrir y para recorrer. Mi nombre es Rafael, siempre me encantó la naturaleza y pasé mi adolescencia recorriendo el Parque Nacional El Ávila o practicando ciclismo en las calles caraqueñas.
El Ávila es uno de los lugares más especiales de la ciudad porque brinda un contacto natural que es vital, pero que con el pasar del tiempo se fue perdiendo. Era parte de mi vida y me la pasaba subiendo al pico Naiguatá, al Oriental, al Humbolt, la Silla, todo. Realmente era hermoso disfrutar de ese espacio ecológico, y ahora no puedo.
Siempre he vivido en el este de la ciudad, en La Trinidad, y mi experiencia urbana comenzó cuando tenía quince años. Yo tuve una vena artística que me divorciaba un poco de ese mundo banal, quizás un poco ignorante, de la clase media de la época, y eso hizo que de alguna manera pidiera hacer cursos de pintura o dibujo y me metieron en la Cristóbal Rojas.
Desde ese momento comencé a conocer una realidad de la ciudad que hasta entonces no era familiar para mí. Después del trabajo plástico y escultórico que hacíamos, nos íbamos a tomar algo en los bares de la Avenida Lecuna. Fue una experiencia bastante atípica para el medio en el que me desenvolvía. Eso me dio un contacto distinto con la ciudad y expandió un poco los límites físicos de mi visión, de mi imaginario.
Caracas urbana
Cuando trato de ver a las estructuras que caracterizan a Caracas tengo que separarlas en distintos tipos. Como hitos arquitectónicos están el Obelisco de la Plaza Francia, las torres del Centro Simón Bolívar, que además son estructuras funcionales, y las más importantes y con más carga de referencia para mí son el Hotel Humboldt y la Cruz del Ávila, probablemente por mi relación con la montaña.
Entre los lugares de recreación está el Parque del Este, inmerso dentro de la ciudad; los Campos de Golf del Country Club o Valle Arriba, oasis dentro de la ciudad que aunque los pueden disfrutar muy pocos, sirven como vasos comunicantes entre zonas pobladas y urbanas y dan un contacto un poco más natural.
Una experiencia urbana que rescato es el tener que atravesar la ciudad diariamente. Vivo en La Trinidad y soy profesor en la sede de Unearte ubicada en Caño Amarillo: es fascinante recorrer la ciudad, pero al mismo tiempo esta experiencia resulta aprensiva porque estoy en moto y eso es peligrosísimo en esta ciudad. Pero la moto me da el contacto directo, es como andar en bicicleta.
Encierro físico y visual
El gran problema de la ciudad es la inseguridad. Yo he tenido que cambiar mis hábitos y horarios para adaptarme a esta nueva realidad porque he sido víctima del crimen en distintas oportunidades mientras realizaba actividades de montañismo o ciclismo.
Durante mi adolescencia este problema estaba presente, pero no lo recuerdo tan grave como ahora. Podía caminar de noche por cualquier lado o quizá ir a un mirador y apreciar las vistas de la ciudad.
Creo que lo que más disfruto ahora de la ciudad es estar en mi jardín en las noches y ver las estrellas. Caracas me ha vuelto un poco ermitaño. O sea, sales a la calle y de pronto no sabes qué te pueda pasar. Entonces dices “¿vale la pena arriesgar la vida por una fiesta?”, porque puede que vayas, disfrutes y regreses a tu casa y la pasaste bien, pero si te llegan a hacer un secuestro express, o te meten un tiro y te lesionan un órgano, debes meterte en una clínica a recuperarte durante dos años… creo que pasarías dos años diciendo que fuiste un imprudente por arriesgarte de ese modo por ir a una reunioncita de amigos.
Y esa misma inseguridad ha modificado a la arquitectura de la ciudad. Lamento que las rejas y cercas por todos lados representen un impedimento para explayar la mirada en el horizonte. No solamente tienes rejas, sino cámaras, alambres de púas, perros diabólicamente mortales. Es una situación prácticamente de guerra. Esa experiencia urbana hace que nos sintamos absolutamente desesperanzados y pensemos que ya nada nos puede salvar. Primero porque no puedes hacer nada y segundo porque vives en tu casa, encerrado y paranoico.
Creo que lo más dramático que le ha sucedido a la ciudad en términos urbanísticos fue la Misión Vivienda en los últimos años. Se expandieron los espacios habitacionales en la ciudad de manera apurada y poco planificada y hoy estamos siendo víctimas de eso.
La lengua y la ciudad
Aunque cada individuo viene preparado para los problemas de su tiempo, no creo que los adolescentes de hoy puedan disfrutar la ciudad en la medida que lo hizo mi generación. Quizá siguen haciendo las mismas cosas que yo hacía pero con mayor riesgo. A lo mejor yo vivía otros riesgos, no era una ciudad tan insegura, pero puede haber una especie de proporcionalidad entre el nivel de preparación que yo tenía para mi entorno y el nivel de preparación que tienen los adolescentes para este entorno.
No estoy de acuerdo con catalogarme por fronteras arbitrarias, que no existen, pero una de las cosas que creo que me hace caraqueño es la manera como hablo el español: me parece muy particular y considero que es el acento más neutral que hay. Tengo amigos de otras partes que me dicen “ustedes hablan cantadito” y sí, de pronto tenemos un cantadito, pero el instrumento que uso para medir la neutralidad son los doblajes de Disney: casi todas las voces son de venezolanos. Pero sí creo que el lenguaje, la ciudad y las personas se modelan de la misma manera; todo está interrelacionado.
