Lat 10°49’ Long -66°53’ Alt 920 m
Primera Generación
Límites y rutas
Lugares de residencia
Lugares emblemáticos
Sitios que visitaba con frecuencia
Antonio
Caracas se abría a mis pies, todas sus posibilidades estaban a mi alcance. Soy Antonio, crecí en Las Acacias cuando aún estaba llena de casas, antes de que se llenara de edificios que rodeaban las avenidas. Aún vivo en la zona.
Para mí, Caracas era una ciudad sin límites. Podía recorrerla íntegramente de punta a punta, con tranquilidad y a cualquier hora. La ausencia de zonas rojas me permitía hacer lo que quisiera, incluso andar de noche por ahí caminando.
Además, era una ciudad limpia, de gente educada. Era una ciudad donde uno podía divertirse sanamente. Yo jugaba fútbol, básquet y voleibol y con tanta actividad, naturalmente, luego quería ir a comer algo y no faltaban las opciones. Podía ir a comerme unos buenos perros calientes en Le Drugstore en Chacaíto o bien cenar en El Trolly en las Mercedes. Realmente cualquier sitio era accesible.
Y no es que tuviese mucho dinero, es que no se necesitaba tanto dinero para divertirse en Caracas. Antes había muchos conciertos en la ciudad y para regresarse uno podía caminar o pedir una cola y cualquier persona te la daba sin ningún tipo de peligro ni desconfianza.
También teníamos la opción de ir a bailar en las discotecas que hacían matinés, en especial los domingos, sin consumir bebidas alcohólicas porque éramos adolescentes. Lo normal es que con la entrada te dieran dos fruit punch. Mi favorito era Estudio 54, allí se pasaba un rato agradable.
Cuando recuerdo a la Caracas de ese momento, lo que viene a mi mente son las Torres del Silencio que lamentablemente están muy descuidadas, el Unicentro El Marqués y, claro, el Centro Comercial Chacaíto. Pero lo más resaltante de esta ciudad es El Ávila, siempre.
Todo cambia
Veo a los jóvenes ahora en Caracas y no me parece que puedan disfrutarla como yo lo hice. Esa libertad que da la seguridad, la movilidad de poder ir a donde quieras cuando quieras, no la tienen. Caracas se volvió sucia, sus calles llenas de huecos, violenta y llena de gente maleducada. Nada que ver con la ciudad de mi juventud.
Si te pones a ver, es que creció desordenada, sin planificación. Parte de la culpa de este caos es de las alcaldías: descuidaron el aseo dejando que cada quien saque su bolsa negra de basura y no hacen cumplir las ordenanzas que obligan a los propietarios a mantener sus fachadas en buen estado. Es un choque visual en el que ves todo sucio y harapiento.
En este mismo caos, además, las compañías de servicios han dejado de prestar buen servicio. Antes no teníamos internet y el servicio telefónico funcionaba de manera eficiente; si había una falla uno llamaba y te solucionaban el problema, ahora no. Y lo de la inseguridad en la ciudad… es muy grave.
Construyendo ciudadanía de a poco
Todavía disfruto de la ciudad y soy parte de ella, pero me molesta la apatía y la mala educación de sus habitantes sumado al desastre y el caos de vivir en Caracas. Ya no me siento seguro, no confío en las personas y prefiero encerrarme totalmente al caer la noche.
Los caraqueños se han vuelto fríos y muy egoístas. La solidaridad que antes uno daba por sentado, que me tendieran la mano para ayudarme si lo necesitaba, eso se ha perdido en el camino.
Y eso que estamos metidos juntos en el mismo problema. Sin importar a qué estrato social perteneces, tenemos que hacer las mismas colas porque tenemos más o menos las mismas necesidades. ¿No te parece increíble?
Sin embargo, a pesar de todo lo malo me siento más caraqueño porque tengo conciencia de lo que se habitante de esta ciudad significa. Trato de difundir cómo era la ciudad y compartir mi visión con los jóvenes. Doy los buenos días, pido permiso, digo por favor y pido disculpas si he cometido una falta tan simple como tropezar a un transeúnte. Aun cuando sepa que al montarme en un ascensor nadie me responda y me miren raro; no importa, debo comportarme como el caraqueño que recuerdo ser.
