Lat 10°30’ Long –66°54’ Alt 900 m

Primera generación

Límites y rutas
Lugares de residencia
Lugares emblemáticos
Sitios que visitaba con frecuencia

Yvonne

El concepto de la Gran Caracas es relativamente reciente. Mi nombre es Yvonne y vivía en La Candelaria por lo que mi ciudad se limitaba al centro y a las urbanizaciones aledañas: Catia, El paraíso —que, por cierto, era una zona de clase media-alta— y, hacia el este, máximo Altamira. ¿Petare? ¡Uf, eso era lejísimos! Claro, uno sabía que existía. ¿Ir al Hatillo? Ya eso no era Caracas; ni si quiera Baruta se sentía como parte de la ciudad. Si yo decía que iba al este lo normal era que me refiriera a Sabana Grande o Chacaíto.

Recuerdo a la ciudad de los 70 como un lugar seguro. Yo iba al Liceo Fermín Toro sola en autobús desde mi casa, por la Urdaneta o por la Avenida Universidad. Mis padres no tenían necesidad de llevarme todos los días. Todos mis compañeros iban solos al liceo. Y en las horas libres, normalmente, nos íbamos al cine ver las películas de estreno.

En carnavales visitaba el Paseo Los Próceres. Los desfiles eran bellísimos y divertidos. Además simbolizaban la abundancia que tenía el país en ese momento. Había una nueva marca de crema dental que se llamaba Ultra Brite: lanzaban crema dental y más crema dental desde sus carrozas. Todos los patrocinadores tiraban cosas y caramelos. ¡De todo! ¡Es que realmente lanzaban de todo!

Aunque no había tantos bulevares como ahora, la ciudad era mucho más caminable, en parte por la seguridad pero también porque era agradable que la ciudad estuviese limpia y la gente fuese tan amable. Sabana Grande, que no era un bulevar sino una avenida, se disfrutaba al caminar porque sus calles se sentían larguísimas. En aquella época todo parecía más grande, aunque es mentira ahora es más grande, tal vez se percibía así porque había menos gente.

Normalmente, al salir de la Central, me iba con mis compañeros caminando desde Plaza Venezuela hasta Chacaíto. En la Drugstore nos comíamos unos perros calientes por metro y los muchachos pedían metros de cerveza. Además, en Sabana Grande había muchas tascas. Había unas heladerías como esas que se ven en las películas americanas, pero, sin duda, el lugar favorito de todos era El Gran Café. Era el sitio de moda.

Nunca fui fan de la vida nocturna, a veces iba con mis amigos a discotecas como Magic y The Flower, en La Castellana. Me encantaba bailar, pero no me gusta hacerlo a oscuras. Y, por ejemplo, The Flower, ¡eso era una oscuridad total!

Justamente porque no me gustaba la vida nocturna es que no estaba fuera de casa hasta muy tarde, pero cuando lo hice nunca llegué a sentirme insegura caminando de noche por la ciudad. Esa es una de las cosas que más añoro de Caracas, poder recorrerla a pie y sin miedo.

Caracas, la que se perdió

Caracas ha cambiado mucho. La suciedad que existe hoy es uno de los cambios principales. Recuerdo que en la época del gobierno de Diego Arria, eliminaron a los buhoneros de la Avenida Baralt; pero esos eran distintos a los de ahora, aquellos vendían cosas buenas.

Era comiquísimo, porque iba a la Baralt a comprar cosas caras a los buhoneros. Vendían hasta pelucas ¡sí, las pelucas se usaban! Frente a la Plaza Miranda, había una tienda de pelucas que se llamaba La Ñata —tenían unas bellísimas— y esas mismas las vendían los buhoneros afuera de la tienda.

Definitivamente, en esa época éramos libres. La generación de mis padres, a diferencia de la mía, no conoció la inseguridad, pero eso no representaba un obstáculo para salir a hacer lo que nos provocara. Y es que sentirme segura en la ciudad es lo que más me pesa haber perdido, más allá de la limpieza o el estado de las calles. Claro que había ladrones, incluso una vez me hicieron un arrebatón en la Baralt y me quedó media cadena en la mano. Pero yo salía, no tenía en mente todos los días que me podían secuestrar, matar o darme un palo en la cabeza. La ciudad les ha puesto muchas restricciones a los jóvenes.

El arte, siempre el arte

Como yo estudiaba cerca, cuando pienso en lugares emblemáticos de Caracas por supuesto pienso en el Arco de la Federación y en El Calvario. Luego construyeron Parque Central, lo conocí cuando estaba nuevo en los 80, y era un proyecto muy bueno. Era como una ciudad en miniatura; bellísimo, tenía unas jardinerías espectaculares, pero ahora parecen unas cuevas. Los museos, el Museo de Bellas Artes y el de Ciencias Naturales, los visitaba mucho desde niña y durante algunos años de mi vida adulta, pero ya no lo hago porque se ha vuelto muy peligroso.

Recuerdo muchísimo las Torres del Silencio y la Plaza Diego Ibarra. En el nivel que es directo desde la plaza hasta debajo de las torres, todas las paredes eran de mosaicos con diseños indígenas, El Mito de Amalivaca de César Rengifo; eso era espectacular, predominaba el verde. Después todo comenzó a dañarse: los mosaicos se empezaron a caer y no tuvieron mantenimiento.

Y el metro fue algo revolucionario en la vida de los caraqueños. El caraqueño al entrar tenía consciencia de que debía cuidar las instalaciones. La gente se transformaba al entrar: era educada, limpia; al salir volvía a ser un desastre.

De lo nuevo, algo que me parece importante son las nuevas obras de arte como La Esfera de Caracas por Jesús Soto y Fragmento de Lluvia para Caracas de Medina. Muchísimas están por ahí y de pronto uno no lo nota, pero están diseminadas por la ciudad.

La ciudad nueva

La ciudad ha crecido geográficamente y eso me gusta; sin embargo, ha sido un crecimiento indiscriminado, sin urbanismo ni planificación. Aunque aplaudo las edificaciones modernas, creo que no deben descuidarse las zonas históricas porque son parte de la cultura de la ciudad.

En cuanto a la demografía el problema es que desde hace más de veinte años ningún gobierno se preocupó porque el interior se desarrollara y esto hizo que mucha gente viniera a la capital en busca de mejores oportunidades, lo que degeneró en desorden y caos. Uno se da cuenta de que la ciudad es la gente y aquí se han vuelto desordenados, maleducados, malhumorados. Entonces uno sale a la calle, independientemente de que esté sucia o que haya problemas y lo que dice es: Dios mío, me quiero regresar a mi casa. Lo único que puedo hacer para sentirme segura en Caracas es no salir.

Lo que más puedo disfrutar de la ciudad hoy es el Ávila, porque se admira desde lejos. Lo veo y me siento bien. También disfruto mucho la Feria del Libro en Altamira, los eventos que realizan en El Hatillo o visitar Los Galpones en Los Chorros.

Y tal vez porque he vivido más, y siempre en Caracas, es que hoy soy más caraqueña que en mi adolescencia. Siempre me ha gustado esta ciudad: Antes, con todo su zaperoco, Caracas me gustaba y, ahora, a pesar de que siento que quiero más a la ciudad, también pienso que ya no quiero vivir en ella. Es como esos matrimonios en los que dices “¡yo quiero a Fulano, pero me quiero divorciar porque ya no lo soporto!”.