Lat 10°30’ Long -66°54’ Alt 905m
Tercera Generación
Límites y rutas
Lugares de residencia
Lugares emblemáticos
Sitios que visitaba con frecuencia
"Ruinas del Siglo XX"
Manuel
Caótica y nocturna, una ciudad salvaje por su gente y por lo que permitía hacer, conocer, descubrir entre la sombra de sus esquinas y recovecos. Mi nombre es Manuel y así era Caracas en los noventa.
Siempre hubo peligros, pero en más de una ocasión me dieron las 11 de la noche en el Boulevard de Sabana Grande y entonces, con el Metro de Caracas ya cerrado, me iba caminando hasta mi casa en La Candelaria. A esa hora el bulevar era un sitio con vida; había espectáculos de calle, magos, un tipo que decía que era faquir y caminaba sobre vidrio y tal, ¡había títeres a las 11 de la noche en Sabana Grande! Las calles todavía tenían vendedores y los restaurantes estaban abiertos. Eso es lo que yo recuerdo, caminaba todo el bulevar desde Chacaíto hasta Plaza Venezuela sin ningún problema. Era la ciudad perfecta y tener que huir de ella no estaba entre mis planes.
Fronteras que desaparecen
Mis límites hacia el oeste eran El Paraíso o Vista Alegre, donde iba normalmente en autobús, aunque algunas veces tomaba el Metro. A Propatria solamente iba para comprar juegos usados de Atari en el centro comercial.
Como vivía en La Candelaria, pasaba el tiempo libre en la zona de los museos porque me quedaba cerca. Cuando quería ir más allá, para mí era lejísimos, por ejemplo, tratar de llegar a Altamira o al Centro Comercial Ciudad Tamanaco, aunque allí sí iba, sobretodo en vacaciones. Casi nunca iba a Altamira porque no tenía nada qué hacer por ahí; ese podría ser uno de mis límites hacia el este. Hacia el sur iba en muy pocas ocasiones, La Trinidad la veía yo una vez al año, probablemente y al Hatillo también, eso era casi que un paseo.
Y cuando estaba chiquito, el Centro Comercial Ciudad Tamanaco era un sitio para ir a comer, pasear, me parecía muy lindo. De adolescente, Era la mejor opción para jugar maquinitas, a veces jugaba en Sabana Grande, pero siempre había chamos que me pedían dinero o niños de la calle que me pedían fichas para jugar ellos también, cosas así.
Mis límites cambiaron mucho cuando ingresé en la Universidad Simón Bolívar en 1997, no solo porque quedaba botadísima en Sartenejas, sino porque me mudé a Santa Eduvigis. Antes yo era un completo ignorante del sureste de Caracas y ahora siempre tenía que pasar por La Trinidad y pasaba más tiempo en El Hatillo.
En algún tiempo frecuenté Las Mercedes muy seguido, por una discoteca rockera llamada Doors. Aunque normalmente iba a divertirme a sitios como Boo Café, también en Las Mercedes, con un ambiente tranquilo y en el que suena mucho rock. Yo nunca fui muy discotequero.
Caracas para uso y disfrute
Disfrutaba mucho el Parque del Este, aunque no tanto por la naturaleza sino por el parque como espacio. La cortina de agua que queda ahí es una de las estructuras que disfrutaba de la ciudad, al igual que el Planetario Humboldt; antes de descubrir el verdadero propósito de su cúpula, lo relacionaba con el Poliedro de Caracas pero luego lo aprecié por sí mismo.
Siempre me llamó la atención la Torre Corpbanca, que ahora es la Torre BOD. La admiraba mientras pasaba la tarde en la Plaza la Castellana. Este era uno de mis lugares favoritos porque siempre había mucha brisa y podía leer con calma; luego comencé a frecuentar El León y justamente tenía ese edificio enfrente y me gustaba muchísimo verlo.
El arte en el Metro de Caracas siempre me generaba cierto placer visual, por ejemplo en la estación Chacaíto. Me llamaba mucho la cantidad de arte en la estación, creo que todas las obras de Soto. Me encantaba realmente estar por esa zona y ver el arte en la estación y sus alrededores.
El Metro modificó la forma de moverse dentro de la ciudad y es una de las cosas que ha crecido junto a Caracas ¿Se ha quedado corto? Sí, pero creo que sin él sería muchísimo peor.
Los cambios y las nuevas ruinas
Caracas se expandió de forma caótica. Yo crecí en la Avenida Sucre de Catia y recuerdo el barrio como algo que estaba ahí y a veces uno tenía que meterse en él para evitar una cola y llegar a La Pastora, que era una zona muy bonita, pero que ahora está ranchificada. Las antiguas familias de la zona ya no querían seguir viviendo ahí porque repente se vieron rodeadas de barrios y simplemente La Pastora fue absorbida por ellos.
Hay cambios que disfruto con cierto grado de melancolía como la desaparición del Edificio Galipán, que ahora es la sede de Bancaribe, en la Avenida Francisco de Miranda. Extraño la estructura que desapareció, pero la nueva también tiene mérito. La mayor oferta de cosas bonitas y nuevas se encuentra, especialmente, en edificios de oficinas.
Otros cambios me pesaron, como la desaparición del Teatro Altamira. Era una estructura bellísima, pero no aguantó más y tuvo que ser derrumbada. Las ratas fueron las que notaron la falla estructural y un día salieron por montones por la sala de cine en plena función; luego se descubrió el problema y se clausuró el edificio.
De las cosas que han aparecido recientemente en la ciudad, me llama la atención el Centro Comercial Galerías Los Naranjos. Fue una estructura que se hizo en un barranco y yo siempre tuve problemas con las alturas. Lo que más me gusta es que lograron aprovechar las características del terreno para hacer algo interesante.
Uno de los pocos sitios que disfruto hoy de Caracas es el Mirador de Valle Arriba, que fue rescatado. Es uno de los lugares que todavía da como cierto remanso dentro de la ciudad.
A pesar de esto, la mayoría de los cambios que han ocurrido son para peor, ya sea porque el cambio vino para dar paso a estructuras nuevas o por descuido.
El Centro Simón Bolívar es una de las obras que representa a Caracas, pero le construyeron al lado el Palacio de Justicia que es un mamotreto que ni siquiera terminaron. Es una de las ruinas del siglo XX.
Las ruinas del siglo XX son esos edificios que se han ido construyendo y simplemente se inauguraron sin terminar de construir, como la Biblioteca Nacional o la Galería de Arte Nacional.
El Conde es una zona ubicada en la Avenida Lecuna, cerca de Parque Central siempre me pareció llamativa por sus edificios. Ahora está destruida después de las construcciones del metro y de edificios de Misión Vivienda.
Estas viviendas masivas creadas del gobierno llaman la atención, pero por los motivos equivocados: Hay unos en la Avenida Libertador, por Colegio de Ingenieros, a los que yo llamo la Oda al rancho, porque parecen unos edificios hechos de ranchos. Otro diseño es el que tiene unas ventanas mínimas y siempre que paso por uno pienso en el calor que debe estar haciendo ahí dentro. Uno los compara con los bloques del 23 de enero, que también fueron obras sociales, del Estado, que eran sitios bastante cómodos aunque eran bloques y no tenían ascensores.
La ciudad rota: causa o consecuencia
Uno de los problemas que siempre ha existido en Caracas es el transporte. Realmente no ha cambiado el transporte público, siguen las mismas unidades, claro con servicios nuevos como el Buscaracas o el Transmetrópoli. Sin embargo, todo se deteriora muy rápido porque no hay cultura de mantenimiento y también porque no hay dinero para hacer mantenimiento.
También la electricidad y el agua en la ciudad son una locura. Tenemos meses con el agua racionada y, en este momento, todos los embalses están llenos, pero todavía hay racionamiento; entonces uno se pregunta qué es lo que pasa realmente. En conclusión, los problemas son los de una ciudad a la que no se le han atendido los servicios.
El más grave de los problemas que enfrenta Caracas, y que se ha vuelto más agudo con el paso del tiempo, es la inseguridad. Es muy difícil que el Estado logre resolver algo fácilmente, porque también tiene mano allí. Son los únicos con capacidad de importar armas, entonces ¿qué debería entender uno cuando ves que los malandros tienen lanzagranadas dentro de una penitenciaría nacional? Si no existe la voluntad de atacar este problema vamos a seguir hacia peor.
He sido víctima de la inseguridad en diferentes oportunidades. De un día para otro comencé a sentirme encerrado dentro de la ciudad. En un momento llegué a pensar que una de las cosas que me habían robado fue la ciudad misma.
El caraqueño se ha vuelto egoísta. No sé si este cambio de comportamiento ciudadano es un síntoma de los últimos veinte años de gobierno o si el gobierno es un síntoma de un cambio en los ciudadanos, que más allá de Caracas se extiende por todo el país.
En la cultura caraqueña se ha afianzado la figura del guapito: Yo tengo la camioneta más grande, por lo tanto yo tengo paso; yo soy más grande o tengo más poder, por lo tanto tengo más derecho que tú. Es una ciudad que ha crecido a punta de abusos de los mismos habitantes.
Y las diferencias sociales se han acentuado. El abismo es más visible para la persona de clase baja porque el que está en una posición privilegiada no tiene idea de lo que podría estar pasando el otro.
Desde finales de los ochenta no había visto a una persona comiendo de la basura, ni tantos pedigüeños como ahora. La mendicidad en el Metro es una locura. Y nadie se preocupa por cuidar las instalaciones, es como si no fuese su problema porque no es de ellos, algo muy egoísta y contrario a la cultura metro de los años ochenta y noventa. En ese entonces, era un orgullo que el metro fuera tuyo y debías cuidarlo. Es un distanciamiento total, como si el ciudadano no fuese parte de la ciudad y a veces resulta doloroso. Es no querer a la ciudad porque no quieres vivir en la ciudad y estás en esa diatriba entre estar o no. Creo que es el mayor cambio que he visto en los caraqueños.
Nadie se roba los recuerdos
Una de las experiencias que tuve de la ciudad fue su nocturnidad y esto es algo que no podría repetir si fuese un adolescente hoy en día. Ver la fauna nocturna de la ciudad cuando yo era adolescente; y no te hablo de transformistas o prostitutas, sino que realmente había un ambiente nocturno en la ciudad, de gente que salía a disfrutarla; ya sea a un bar, a un restaurant o un café. Ahora la nocturnidad siempre va a llevar un riesgo, así sea que vaya a los chinos de la esquina a tomarme una cerveza, entonces creo que eso me impediría disfrutar como lo hice porque, precisamente, yo disfrutaba de eso: disfrutaba de la noche.
¿Me siento igual de caraqueño que en mi adolescencia? Para saberlo hay que responder dos preguntas: si me siento tan caraqueño como el resto y si quiero a la ciudad como la quería entonces.
Sí me siento muy caraqueño, porque creo que la mayoría de los caraqueños quieren y aman a su ciudad igual que yo. Porque es una cosa de que me encanta la ciudad, pero que fastidio la inseguridad… y empieza uno a despotricar de la ciudad, aunque igual la quieres.
Entonces, ¿quererla como la quería en mi adolescencia? no. La quiero distinto, se ha convertido en una especie de síndrome de Estocolmo, de quererla porque es mi captora, más o menos.
Es una relación difícil la que tengo con la ciudad, pero de sentirme caraqueño, creo que sí y creo que todos los caraqueños están en la misma posición que yo. Es un afecto raro: en todos lados tengo recuerdos de la ciudad y es difícil separarme de ellos. Al mismo tiempo casi todos mis amigos se han ido, yo mismo me fui en algún momento y regresé por cuestiones circunstanciales. Y aquí estoy, planificando irme nuevamente.
