Lat 10°31’ Long -66°54’ Alt 900m
Tercera Generación
Límites y rutas
Lugares de residencia
Lugares emblemáticos
Sitios que visitaba con frecuencia
Helen
En los noventa había un clima de felicidad en la ciudad de Caracas. Me llamo Helen y recuerdo que, con todo y crisis, los caraqueños eran realmente felices. Era una ciudad que a pesar de todo se iba de rumba y podía divertirse. Un ambiente que se fue diluyendo entre la inseguridad y demás problemas de la ciudad.
Yo podía ir caminado del colegio, en La Florida, a la casa de mis amigas que vivían en los alrededores, sin ningún problema o sensación de inseguridad. Caminaba tranquilamente de mi casa en La Candelaria hasta Sabana Grande y todos usaban los morrales en la espalda, nadie estaba con esa dedicación de cuidar sus pertenencias hacia adelante. Siempre había que cuidarse de cositas, estar pendiente si uno escuchaba una moto por allí o por allá. Había como un miedito, pero eso no imposibilitaba que saliera.
La gente estaba en la calle. Éramos libres y esa libertad se traducía en una expresión física en la gente. Podíamos ir en camionetica, en el Metro o caminando. Eso hacía lucir a la gente más feliz. Tenía realmente la posibilidad de vivir en la ciudad. Si querían comprar más barato se iba al centro o a algún mercado popular. La gente sabía que podía llegar a esos lugares.
Recuerdo una ciudad amplia, aunque no tuviese acceso permanente a todos lados. Lugares como El Hatillo, La Lagunita, Los Naranjos estaban fuera de mi alcance en aquel momento, en parte por lo lejos, pero sobretodo porque mi mundo giraba en torno al colegio y los sitios de diversión en ese momento.
Estudiaba en el San José de Tarbes en La Florida, me movía entre el colegio, Las Mercedes, Chacao y La Candelaria. Hoy Caracas para mi es aún más grande, por el conocimiento que tengo de la ciudad y porque crecer me obligó a conocer otras realidades y a tratar con distintas personas.
Caracas es fiesta
Caracas era una ciudad de rumba. El fin de semana comenzaba el jueves y en todos lados había una pachanguita. La Autopista Francisco Fajardo era altamente transitada a las tres de la mañana, lo que parecía indicar que existía cierto margen de seguridad.
Yo salía mucho desde muy temprana edad, iba a fiestas sin miedo. En mi época de 4to y 5to año íbamos a los famosos lady’s night de los jueves, en los que era más barato en todos los locales. Para todas mis amigas y para mí era fijo; pagábamos la entrada y pa’dentro sin ningún problema. Y la gente de mi edad, de mi promoción, estaba en esos locales y cruzaba de un local a otro a las 12 o a la 1 de la mañana caminando sin ninguna complicación.
Ya no recuerdo los nombres de las discotecas de aquel momento, pero había una cervecería llamada Taz, que estaba en una esquina de Las Mercedes a la que siempre iba y todos los locales que estuvieran en esa zona eran hábiles para disfrutar.
Y yo sé que en ese momento no era todo un paraíso. Existían problemas como la droga, el alcohol, la inseguridad; esos conflictos que hay en todas las sociedades, pero era vivible. Sin embargo, nos quejábamos porque nos sentíamos un poco coartados, quisiéramos haber salido con más libertad y experimentar más cosas, pero al compararlo con los chicos de hoy siento que en aquel momento había mucha más libertad.
Los centros comerciales eran los lugares seguros para dejar a un montón de adolescentes solos. El Sambil: ¡Boom! Era el boom porque estaba nuevo y porque tenía muchas oportunidades de recreación. Íbamos muy poco al Centro Comercial Ciudad Tamanaco, porque tenía fama de inseguro, además era aburrido, ya no tenía cine, no tenía bowling como el Sambil; no tenía nada. Existía el Recreo, pero no era un sitio que gustara tanto por la ubicación cerca del Bulevar de Sabana Grande.
Visitaba mucho la Hermandad Gallega, en Maripérez, pero recuerdo otros clubes como Puerto Azul en La Guaira y Aguasal en Higuerote. También recuerdo las gaitas y las verbenas de los colegios en los que nos mezclábamos con otros adolescentes y, por supuesto, las reuniones en casas de amigos.
Ayer, hoy y mañana en una ciudad
Si pienso en las vistas de la ciudad, la bola de Pepsicola y la taza de Nescafé son la referencia visual que tengo. Tal cual: pienso en Caracas y veo esas dos estructuras. También el Metro de Caracas es uno de los emblemas de la ciudad. En su momento era una excelente opción porque era limpio y la gente seguía las normas. Y si pienso en nuevas estructuras la Esfera de Caracas de Soto en la autopista es referencia obligada. Y por supuesto, el Ávila que es nuestro sello.
Aprecio la modernidad y las construcciones nuevas que dicen que seguimos en la lucha por estar en la vanguardia. Los diseños mejor elaborados, con materiales similares a los que se usan en el resto del mundo; eso me gusta, se ve contemporáneo, bonito.
Aunque sigo rescatado zonas coloniales de la ciudad como Chacao, El Hatillo. Eso también viste mucho a la ciudad, pero solo lo puedes encontrar en puntos específicos. El municipio Libertador, en general, solo se ha deteriorado y eso lo que representa es la crisis que vivimos. A sus estructuras no se les ha hecho mantenimiento, están avejentadas, sucias, deterioradas. La falta de mantenimiento ha desvirtuado mucho a la ciudad.
Disfruto mucho ir a El Hatillo por la variedad de ofertas que tiene: lo gastronómico, cultural, los centros comerciales y espacios verdes. Y en la Hacienda La Trinidad puedo divertirme en un lugar abierto y sentirme segura. También en Los Palos Grandes, que es como mi segunda casa por las ofertas deportivas al aire libre como yoga en la plaza, carreras o simplemente salir a trotar.
Las divisiones se vuelven abismos
Es normal que las capitales manejen un ritmo distinto a otras ciudades: más gente, mayor velocidad. En Caracas esto se mezcla con la zozobra que causa la inseguridad en la gente, con la intolerancia y con la tristeza generalizada de la población. Y me molesta que se haya vuelto tan difícil transportarse por la ciudad, y cada vez es peor.
Lamento que Caracas ya no sea una ciudad para disfrutar, que los caraqueños sean víctimas del encierro. No por elección, nos ha tocado volver al hogar: todo se hace en casa, todo se consume en casa.
Como consecuencia de esta nueva forma de vida creo que lo que se puede rescatar es que los caraqueños nos hemos interesado por actividades físicas mucho más, y por mejorar la dieta; los que cuentan con posibilidades, claro. Ya que ni podemos salir a rumbear, ni beber, ni bailar, ni desarrollarnos como seres humanos a nivel de socialización, entonces ahora somos un poco más deportivos.
Las diferencias sociales, económicas y culturales se han ido profundizando. Recuerdo que antes eso, al menos, estaba camuflajeado. En lo cultural había un espacio que era punto de encuentro entre personas de distintos estratos: el Ateneo de Caracas y su feria de navidad en la que vendían artículos artesanales para regalos y cosas así. Allí iba todo el mundo y hoy en día eso no pasa porque le quitaron su sede al Ateneo. Ese lugar era estratégico, era muy céntrico, estaba en Bellas Artes y entonces todo el mundo tenía acceso; el que iba en metro iba en metro, el que iba en carro iba en carro y el que iba a pie iba a pie.
Y las diferencias sociales se agudizan si vez la alimentación del caraqueño. El que tiene poder adquisitivo puede costear una cesta básica; el que no, simplemente no come. Antes la clase baja o media tenía acceso a todos los productos básicos con muy poco que percibiera. Esto de pasar hambre de manera tan marcada no es algo que se viera nunca en mi adolescencia.
El problema de la violencia que vivimos hoy tiene raíces de mucho antes. En mi época había muchas pandillas, las llamábamos mafias, y no solamente te estoy hablando de personas que no tuvieran recursos porque recuerdo que había colegios de muy alto rango en Caracas que tenían mafias. Era un tema de lucha de poder, de territorio, de quien era más guapo que otro. Creo que eso se potenció muchísimo porque no fue atacado en su momento y algunos de los que pertenecían a mafias hoy son narcotraficantes, pranes o cabecillas de bandas que nunca fueron encaminados.
Caracas es un despecho
Hoy me considero igual de caraqueña que en mi adolescencia, pero soy una caraqueña rara porque extraño mi ciudad, tengo mucha añoranza de poder hacer cosas que la Caracas de antes me permitía.
Antes podías tener el amigo que quisieras, ¡hasta te podías enamorar! La gente no sentía la necesidad de irse y ahora no puedes establecer una relación porque todo es transitorio aunque nos estemos queriendo mucho. No sabes si te vas a tener que ir o no, si surge una oportunidad que tomas o no.
Yo puedo decir que conocí la Caracas buena y esta crisis me ha permitido conocer a otra Caracas que no conocía y que se reinventa, que no se deja morir. Me siento igual de caraqueña, veo el Ávila y siento lo mismo, aunque extraño esa ciudad en la que podías caminar, la Caracas que no discriminaba.
